Hubo un tiempo en que la figura del maestro dentro del aula no se discutía, porque existía la idea social donde el maestro tenía autoridad. No absoluta, no incuestionable, pero sí suficiente para conducir el aprendizaje, poner límites y sostener el orden necesario para enseñar.
Hoy esa certeza parece haberse evaporado.
En el bolsillo de los estudiantes hay cámaras listas para grabar, en los grupos de padres hay discusiones instantáneas y en las oficinas administrativas hay formatos de queja esperando ser llenados. En este nuevo ecosistema escolar, muchos docentes se preguntan si ¿todavía tienen autoridad?
Nadie en su sano juicio defendería el maltrato, la humillación o la violencia que durante décadas se justificaron en nombre de la disciplina. Pero entre aquel extremo y la realidad actual parece haberse abierto un vacío, el de la autoridad pedagógica debilitada.
Hoy muchos maestros piensan dos veces antes de corregir a un alumno, de llamar la atención con firmeza o de aplicar una consecuencia disciplinaria. No porque no sepan hacerlo, sino porque saben que cualquier gesto puede convertirse en una denuncia, un video fuera de contexto o una confrontación con los padres.
Vivimos en una época que habla constantemente de derechos en la escuela (derechos del niño, derechos del estudiante, derechos de la familia). Y eso, en principio, es un avance civilizatorio. El problema aparece cuando la conversación sobre derechos desaparece del lado del maestro.
Porque mientras el alumno tiene derecho a no ser humillado (lo cual es absolutamente correcto), el docente parece haber perdido el derecho a ejercer autoridad. Como si poner límites fuera, por definición, una forma de abuso.
En muchos salones de clase el equilibrio se rompió.
El alumno desafía, el maestro mide cada palabra y la institución, en lugar de respaldar el ejercicio responsable de la autoridad, muchas veces opta por el camino más fácil: evitar conflictos con los padres. Así, el docente queda en una posición, responsable de mantener el orden, pero cada vez con menos herramientas para hacerlo.
No es extraño entonces escuchar que “Hoy el alumno tiene derechos… y el maestro tiene cuidado”.
¿qué tipo de escuela estamos construyendo si el adulto responsable del aula teme ejercer su autoridad?
Porque una cosa es cuestionar la autoridad arbitraria (lo cual es sano) y otra muy distinta es desactivar la autoridad pedagógica. Sin ella, la enseñanza se vuelve frágil. No hay aprendizaje serio en un espacio donde las normas se negocian permanentemente o donde el docente se autocensura para evitar problemas.
La escuela no puede funcionar como una asamblea permanente donde cada decisión se discute en tiempo real. Educar implica orientar, conducir, corregir y, sí, también incomodar cuando es necesario.
El problema es que hoy esa incomodidad se ha vuelto sospechosa.
Y en medio de esta tensión aparecen los padres. Muchos de ellos llegan a la escuela como defensores preventivos de sus hijos. Ante cualquier conflicto, llegan buscando al culpable.
Y, con demasiada frecuencia, el sospechoso automático es el maestro.
Cuando esa autoridad se debilita, el aula se convierte en un espacio donde el docente administra tensiones más que conocimiento.
Quizá la pregunta que deberíamos hacernos no es si antes la escuela era mejor. No lo era. Tenía problemas graves. Pero tampoco podemos fingir que la situación actual no plantea nuevos riesgos.
Porque una escuela donde el maestro manda sin límites es peligrosa. Pero una escuela donde el maestro tiene miedo de ejercer autoridad también lo es.
Y tal vez ahí está la verdadera controversia de nuestro tiempo educativo, hemos avanzado en la protección de los estudiantes, pero todavía no sabemos cómo proteger, al mismo tiempo, la autoridad necesaria para enseñar.
Mientras no resolvamos esa tensión, el aula seguirá siendo un lugar extraño: un espacio donde todos hablan de educación… pero donde cada vez menos personas se sienten con la legitimidad para dirigirla.

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