En los últimos años, la educación ha comenzado a hablar un nuevo idioma. Un lenguaje que apela a las emociones, al bienestar, a la gestión interna del estudiante. Se habla de autorregulación, de empatía, de resiliencia. En apariencia, se trata de un avance necesario, reconocer que aprender no es solo un proceso cognitivo, sino profundamente humano.
La Nueva Escuela Mexicana ha colocado la dimensión socioemocional en el
centro de su propuesta. Sin embargo, ¿estamos ampliando la comprensión de la
educación… o reduciendo problemas estructurales a asuntos individuales?
Porque no es lo mismo reconocer las emociones que convertirlas en la explicación
de todo.
Diversos enfoques contemporáneos en Psicología Educativa han demostrado que
el desarrollo emocional incide en el aprendizaje. Nadie serio lo discute. Sin
embargo, también existe un consenso creciente en señalar que los problemas
educativos no pueden comprenderse únicamente desde lo psicológico. Factores
como la desigualdad social, la violencia estructural, la precariedad económica
o la fragmentación familiar siguen siendo determinantes en la experiencia
escolar.
Cuando estos factores desaparecen del análisis y son reemplazados por
categorías emocionales, ocurre un desplazamiento sutil pero peligroso: lo
social se vuelve individual.
Aquí es donde la crítica de Michel Foucault cobra relevancia. Para él, las
instituciones modernas no solo controlan a través de la norma, sino también
mediante formas más sofisticadas de regulación: hacer que el individuo se
observe, se evalúe y se corrija a sí mismo. En este sentido, la educación
emocional puede convertirse (si no se cuestiona) en un mecanismo de autorregulación
donde el problema deja de estar en las condiciones externas y pasa a instalarse
en la gestión interna del sujeto.
El alumno ya no enfrenta contextos adversos; enfrenta dificultades para
manejar sus emociones frente a ellos.
Por su parte, Zygmunt Bauman advertía que en la modernidad líquida los
problemas colectivos tienden a privatizarse. Lo que antes era entendido como
una responsabilidad social se redefine como un asunto individual. En ese marco,
la educación emocional encaja con precisión inquietante: enseña a los sujetos a
adaptarse emocionalmente a entornos inestables, en lugar de cuestionar las
condiciones que los producen.
Así, la ansiedad escolar puede dejar de leerse como resultado de presión
académica, desigualdad o incertidumbre social, para interpretarse como falta de
regulación emocional. La violencia en el aula puede reducirse a déficit de
empatía. El abandono escolar puede explicarse como baja resiliencia.
No es que estas dimensiones no existan. Es que, al sobredimensionarlas, se
invisibiliza todo lo demás.
Este fenómeno no es exclusivo del ámbito educativo. Forma parte de una
tendencia más amplia, la psicologización de la vida social. Como han señalado
diversos análisis contemporáneos, el lenguaje terapéutico ha colonizado
espacios donde antes predominaban explicaciones políticas, económicas o
comunitarias. El resultado es una narrativa donde cada individuo es responsable
de su bienestar, incluso cuando las condiciones que lo rodean son adversas.
En la escuela, esto se traduce en prácticas aparentemente inocuas,
identificar emociones, hablar sobre cómo se sienten, promover dinámicas de
autorreflexión. Sin embargo, cuando estas prácticas no van acompañadas de una
lectura crítica del contexto, pueden terminar funcionando como mecanismos de
adaptación más que de transformación.
Se enseña a resistir emocionalmente, no a cuestionar estructuralmente.
Se podría argumentar que dotar a los estudiantes de herramientas emocionales
siempre será positivo. Y en parte es cierto. Pero el problema surge cuando esas
herramientas se convierten en sustituto de otras responsabilidades. Cuando la
educación emocional deja de ser un complemento para convertirse en un
reemplazo.
Porque entonces la escuela ya no se pregunta cómo cambiar las condiciones
que generan malestar, sino cómo lograr que los estudiantes aprendan a vivir con
él. Prácticamente nos están pidiendo formar sujetos emocionalmente funcionales
en contextos disfuncionales.
La psicologización de la educación no elimina los problemas estructurales;
simplemente los vuelve menos visibles. Y en esa invisibilidad, se vuelven más
difíciles de nombrar, de cuestionar y, sobre todo, de transformar.
El desafío, entonces, no es abandonar la educación emocional, sino situarla
en su justa dimensión. Reconocer que las emociones importan, pero que no
explican todo. Que el bienestar no depende únicamente del individuo, sino
también de las condiciones en las que vive, aprende y se desarrolla.
De lo contrario, la escuela corre el riesgo de formar generaciones capaces
de nombrar lo que sienten… pero incapaces de comprender por qué lo sienten.
Y en ese desplazamiento, lo emocional deja de ser una herramienta de
humanización para convertirse, silenciosamente, en una forma de adaptación.

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